Y lo fascinante es lo que ocurre cuando la máscara sale de ese universo.
Porque ninguna puede reproducirse de forma idéntica.
Las hojas de palma nunca son exactamente iguales. Las fibras reaccionan de manera diferente al trabajo manual. Los tintes vegetales producen sus propios matices. Y los gestos de cada artesana dan al volumen, a la textura y a los detalles una expresión única.
Pero su singularidad va mucho más allá de la materia y del gesto.
Cada máscara es una obra de arte en la que la artesana evoca sus recuerdos, sus sueños, su experiencia y su relación con el mundo que la rodea para dar vida a un espíritu protector. La máscara se convierte en su propio lenguaje con el mundo invisible: algo íntimo y personal se expresa a través de ella.
No existe, por tanto, un «modelo» en el sentido occidental del término.
Cada máscara es una interpretación, una presencia, una obra única.
Esta singularidad es lo que constituye su fuerza. No son objetos decorativos fabricados en serie ni reproducciones de un patrimonio antiguo. Conservan algo de su origen y, al mismo tiempo, pueden dialogar con la arquitectura y el arte contemporáneo.
Desde 2012, trabajo directamente con mujeres Emberá y Wounaan en el Darién, Panamá, para preservar y dar a conocer este saber hacer a través de piezas destinadas especialmente a arquitectos, interioristas y coleccionistas.
Ninguna pieza puede «encargarse» como la anterior.
Quizás ahí reside su mayor lujo.
Si está trabajando actualmente en un proyecto y desea una selección particular, dimensiones, formas, animales o tonalidades, estaré encantada de prepararla para usted.