Floricia solía mantenerse al margen. A veces tenía que buscarla detrás de las demás mujeres. También buscaba siempre ocultar parte de su rostro detrás de un largo mechón de cabello gris.
Ya era mayor y, durante sus últimos años, apenas trabajaba.
Lo que recuerdo de ella, ante todo, es su sonrisa. Una sonrisa siempre tímida y sincera. Una mujer silenciosa, tranquila y sonriente.
No hablábamos el mismo idioma. Entre nosotras apenas había palabras. Pero, con el paso de los encuentros, se fue creando una complicidad: sonrisas, gestos, risas y sorpresas.
Sus máscaras, en cambio, no tienen nada de discretas.
Son inmediatamente reconocibles. Su trenzado, de una aparente gran sencillez, solo le pertenecía a ella y desapareció con ella, porque Floricia nos ha dejado.
Su trabajo es a la vez sobrio y poderoso. Pero es también la mirada lo que distingue sus máscaras.
Unos ojos que parecen entrecerrarse para vernos mejor.
Esta mirada es aún más singular porque la propia Floricia era tuerta.
Siempre ocultaba su ojo detrás de aquel largo mechón de cabello y de una sonrisa ligeramente tímida.
Estas máscaras me conmueven profundamente. Llevan algo de ella: su discreción, su misterio y, paradójicamente, una presencia extremadamente poderosa.
Su hija Lidia me contó que su madre se había ido porque alguien le había echado un maleficio.
No sé qué fue lo que se la llevó. Me gusta pensar que, después de haber trabajado durante tanto tiempo con los espíritus que acompañaron y guiaron su obra, simplemente había llegado el momento de reunirse con ellos.
Hoy nos quedan sus máscaras, testimonio de un trabajo artístico único.
Y esa mirada.
La mirada de Floricia.